No me dejes ir Venezuela

Caminaba alrededor de las 10 de la noche por las calles cercanas a mi casa en la ciudad de Caracas, no había luz en los postes, las calles estaban inundadas por una reciente lluvia y solo se escuchaban gritos de personas que se embriagaban en pequeños bares o en carros estacionados de cualquier forma en el medio del camino. Venía corriendo desde la estación del metro subterráneo más cercana a mi casa, una distancia total de 8 cuadras.

En las últimas dos cuadras la oscuridad reinaba y el paso de las personas se disminuyó totalmente, el sudor corría por mi cara mientras para mis adentros imploraba a cualquier fuerza superior que exista, que me cuidara. Al pasar un pequeño ruido de una moto lo único que hacía era respirar profundo y caminar lo más pegado posible a objetos grandes que estuvieran en la acera para tratar de despistar a los conductores y que no lograran verme en la noche caminando solo en la segunda ciudad más peligrosa del mundo.

La antigua “sucursal del cielo” es hoy el resultado de la destrucción de los modelos errados de la política y las soluciones sociales fracasadas de un país entero. El peligro y la realización de nuevos ideales llevados a cabo por encima de la voluntad de un pueblo han destruido el alma de aquellos que confían en la Venezuela de ayer, en la que fue y no está, en la que se extraña y cada vez perece más.

En un pasado, Venezuela era el éxito en todos los sentidos, desde que la democracia tomó el país en el año 1958 luego del derrocamiento de la última dictadura militar, el crecimiento económico, social y político en Venezuela tomó gran parte de la historia. Una combinación entre grandes medidas de protección monetaria para empresarios, nacionalización del petróleo y gran explotación del turismo del país con más áreas de Parques Nacionales protegidas en el mundo (con un total de 16% de toda su área total) lograron hacer de Venezuela, el país que fue. El país de las riquezas, de las oportunidades, el país al que todos querían ir.

Desde la década de los 80s, Venezuela ha caído en varias crisis, haciendo una más peligrosa que la otra, más feroz, más voraz y más destructiva. El 1992 empezó el “cambio social” que las masas desesperadas esperaban con ansias, alguien que los sacara de la miseria, de la pobreza y los abusos de una sociedad claramente distribuida en clases. Una sociedad distanciada, clasificada.

En ese momento, el entonces Comandante de las Fuerzas Armadas venezolanas, Hugo Rafael Chávez Frías, ejecutó un golpe de Estado contra el entonces Presidente Carlos Andrés Pérez. Éste falló, sin embargo, las palabras luego de su detenimiento: “compañeros, lamentablemente por ahora, los objetivos planteados no fueron logrados”, marcarían a la sociedad reinante: el pueblo pobre.

Las próximas dos décadas e incluso la que vivimos ahora quedaron marcadas para siempre desde ese año, incluso antes, en el año 1989 cuando se dio el “Caracazo”, un estadillo social exigiendo mejores políticas económicos y cambios sociales necesarios. Desde ese momento, la violencia se hizo presente en cada parte de nuestra historia. En cada rincón de todos los años, la violencia ha sido parte del poder del Estado. Tal como describiría Hannah Arendt, el Estado venezolano desde el momento de la toma de poder de Hugo Chávez ha usado la violencia como formas de poder. La intimidación, el miedo, la extorsión y la muerte han sido protagonistas en los 15 años de Gobierno del difunto Presidente y en el año de Gobierno del actual presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Hoy día, los jóvenes luchamos entre una gran masa de dificultades para obtener los sueños que en otros países el Gobierno quisiera brindar voluntariamente para la obtención de avances sociales, políticos, económicos, tecnológicos y científicos. El Gobierno venezolano ha sido conocido mundialmente como un “Don Regalón”, aquél que da dinero, millones de dólares de la petrochequera con la intención de obtener favores en un futuro. Con la intención de comprar legitimidad para una dictadura del Siglo XXI.

Venezuela es un país privilegiado, un país rico en recursos, en naturaleza, en ambientes y en personas, en cerebros que se fugan todos los días desde el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar. En la búsqueda de un futuro mejor, de una promesa de cambio y de la idea de que podremos ejercer lo que siempre hemos soñado, partimos al exterior, a cualquier país que nos reciba y nos brinde una ayuda que luego será recompensada con nuestros aportes al país.

Pero, ¿quién quiere irse de Venezuela? Si por mí fuera la decisión, no me iría. Nunca dejaría esta tierra de bendiciones, esta tierra de bellezas, la tierra donde encuentras el inicio del Mundo en los Tepuyes de la Gran Sabana, donde encuentras el inicio de los Andes y las cálidas aguas del mar Caribe. El lugar donde el desarrollo podría ser increíble si tuviera la debida atención y preocupación. Sin embargo, existen presiones por encima de mis deseos que me obligan a plantearme un futuro fuera del país. Un futuro lejos de mi familia y de mi hogar, un futuro donde mi nacionalidad no sería parte de mí, sino solo un atributo a mi persona.

La crisis económica, política y social tan profunda que vive el país hace que niños, jóvenes y viejos vean a Venezuela como la destrucción de los sueños, como el lugar donde nada bueno les podrá suceder y donde la única forma de surgir es marcharse. La delincuencia es el principal problema de un venezolano; donde tenemos más muertes diarias a nivel nacional que las guerras de los países árabes. La crisis económica nos ha quitado (a diferencia de lo que dicen voceros del Gobierno) todo nuestro poder adquisitivo y ha hecho la obtención de incluso el mercado mensual algo de supervivencia selvática. La escasez nos ha vuelto salvajes en el siglo XXI, nos ha vuelto humanos sin valores de ningún tipo, nos ha vuelto, en el mejor sentido Darwiniano, en la especie que busca la supervivencia entre los más fuertes.

Todos los días, debemos lidiar con la delincuencia, debemos lidiar con la supervivencia en un país que se cree “civilizado”, en un país que se cree que va en vías de desarrollo. La verdad es que Venezuela tiene una política podrida que va explotando poco a poco en todos los sectores del país, pudriendo uno a uno, pudriendo a cada ciudadano hasta convertirlo en lo que nadie desea ser.

Si por mí fuera la decisión, no me iría de Venezuela. Si por mí fuera la decisión, Venezuela sería otra.

2 thoughts on “No me dejes ir Venezuela”

  1. La opinión sobre Venezuela se encuentra muy dividida en Latinoamerica, por ello publicamos esta opinión de un venezolano, que vive y ama su país.Gracias por el comentario.

  2. Este artículo narra con una excelente fluidez los pensamientos de la gran mayoría de los universitarios venezolanos. En un lado de la balanza, se encuentra apartarse de nuestro hogar, la tierra en que nacimos, vivimos y nos hemos criado; pero, por el otro, se encuentra la terrible agonía de ver como el país se desmorona y sentir la impotencia de acción, como quien ve a un ser querido siendo torturado de manera continua por parte de manos incapaces.
    ¿La solución? Preparar nuestra mente de la forma que creamos más conveniente y no sentir resentimiento alguno por nuestras acciones. Empuñar el conocimiento como un arma y apuntar con esta, no a los demás venezolanos confundidos, sino a la abrumadora mediocridad que nos envuelve y no nos permite evolucionar y perfeccionar nuestras ideas. Cuando consigamos esto, tal vez podamos acercarnos a ese país ideal en que queremos que se conviertan estas tierras que tanta desdicha nos da desertar.

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