Si hay una característica que defina lo que llevamos de siglo XXI es el conflicto entre la globalización heredada del viejo imperialismo colonial y la resistencia presentada por las áreas del planeta que se niegan a seguir siendo esquilmadas bajo el control de las nuevas corporaciones transnacionales, cuyo centro económico continúa estando en los mismos lugares de antaño.

Esta globalización (ahora en crisis debido a la cada vez más fuerte competencia en la lucha por el control de unos recursos claramente insuficientes para mantener el ritmo del “progreso” de las sociedades desarrolladas) ya no sólo se centra en lo puramente financiero, sino que trata, mediante el control de los medios de comunicación, de imponer modos de vida y pensamiento similares (por no decir idénticos) a los clásicos del mundo occidental. El antiguo “eurocentrismo” ha renovado fuerzas, ampliado con las nuevas tecnologías, y todo lo que no se parezca a nuestras costumbres o actitudes consumistas, es mal visto o considerado peligroso.

El mundo, tras la descolonización, parecía marchar por la senda de este tipo de “desarrollismo”, marcado por los intereses de las marcas comerciales, de forma imparable, y el fin del modelo soviético pareció dar la razón a aquellos que predecían un nuevo período de auge “pacífico” del neoliberalismo mundial. Pero esta nueva “mundialización” del negocio tropezó con el mundo árabe. Las guerras en Irak y Afganistán y las posteriores “primaveras árabes” incendiaron un territorio ya de por sí inflamado por el eterno conflicto palestino y la revolución iraní.

Y los viejos rencores y contradicciones entre tradición y “progreso” están minando ahora mismo por dentro a unas sociedades que luchan por encajar lo mejor posible la mejora del nivel de vida con la preservación de su cultura. En muchos casos no ha sido posible esta mezcla. En los países árabes más ricos, como Arabia Saudí o los Emiratos del Golfo Pérsico, unas leyes religiosas super-restrictivas, unidas a la marginación de la mayoría de su población emigrante, los han convertido en regímenes férreos y autoritarios, con un control cultural extremo. En los más pobres, como Marruecos, Túnez o Argelia, la población malvive con tasas de paro alarmantes, si no están consumidos por la guerra, como en Yemen, Libia o Siria.

Es en este panorama donde surgen las voces críticas, desde una cultura que clama por denunciar las contradicciones de una sociedad que se balancea entre sus tradiciones islámicas y una modernidad que las acerca, para muchos “peligrosamente”, a Occidente o lo que “nosotros” consideramos “Occidente”. Por desgracia, muchas de las áreas que ya habían entrado en esa modernidad, ahondando en la laicidad de sus legislaciones, o alcanzando niveles de desarrollo similares a los occidentales, han sido barridas por las ambiciones de poder de ese mismo Occidente al que imitaban, como es el caso de Libia o ahora el de Siria, país que visité hace diez años, que recorrí entero sin ningún tipo de problema, y en el que vi una inquietud cultural envidiable.

También estuve en Beirut, ciudad enormemente activa, admirable en su capacidad de reconstrucción tras una terrible guerra civil y dos conflictos contra Israel, que la dejaron al borde del colapso. Aquí fue donde vi, en el verano del 2008, al grupo Mashrou’ Leila, que actuaba como participante de la “Fête de la Musique”, que se celebra todos los años en la ciudad. Me sorprendió ver un grupo de rock árabe tan fresco y contundente, y traté de seguir sus pasos. Hoy día es conocido en todo el mundo y trata, sin perder sus raíces culturales, de ser una voz disidente dentro de un ambiente musical, o demasiado apegado a lo tradicional, o excesivamente comercial. En 2014 estuvieron en Barcelona presentando su álbum “Raasük’”. Ahí pudimos comprobar cómo en el mundo árabe también se puede criticar el sexismo, la ortodoxia religiosa y cultural, la homofobia, el consumismo, la amenaza o prepotencia sionista o la ausencia de derechos humanos. Su actitud es muy valiente en una zona marcada por los conflictos que mencionaba. Se cuenta que el primer ministro libanés Saad Hariri acudió a uno de sus conciertos en la ciudad de Biblos el 9 de julio de 2010, y salió apresuradamente del recinto tras oír las provocativas letras de sus canciones.

Letras satíricas, que reflejan temas que la música comercial no se atreve a tratar: los problemas de vivir en una ciudad como Beirut, dividida por una “línea verde” que separa los barrios cristianos de los musulmanes, tan cercanos y distantes en su forma de entender la vida; la guerra, el ambiente político, la inmigración, o la homosexualidad, como se demuestra en su canción “Shim el Yasmine”, que describe como un chico se atreve a presentar a su novio a sus padres; o en “Fasateen”, donde se aborda el tema de los matrimonios concertados, desafiando la presión familiar y social además de la dimensión paródica de los roles de género. Los códigos de la masculinidad reaparecen en los miembros del grupo pero a la vez son cuestionados no solo por la “salida del armario” de su vocalista (Hamed Sino) o la intencionalidad irónica de algunos de sus videoclips sino por su forma ocupar un “no lugar” apartado de proclamas de heroicidad belicista o su mirada crítica a esa misma homosocialidad grupal de la que surgen.

Su postura anti-Israel y su negativa a perder sus raíces no les ha impedido aumentar su público y sus fans en todo el mundo, como diciendo “no somos nosotros los que tenemos que cambiar nuestra música sino vosotros aquel tipo de gustos y sonidos en el que habéis sido adoctrinados repetidamente”, aunque su ruptura este bien lejos de ser drástica. La música de este grupo es una auténtica fusión de estilos tanto del Medio Oriente como de Armenia (la importancia del violín) y los ritmos típicos del jazz o el pop-rock con influencia occidental.

Los temas y las letras satíricas de Mashrou’ Leila reflejan las diversas facetas y las muchas imperfecciones, no sólo de la sociedad libanesa, sino del mundo musulmán en general, con humor, calidez y ternura. Sus componentes son actualmente Haig Papazian (violín), Omaya Malaeb (teclados), Carl Gerges (batería), Ibrahim Badr (bajo), Firas Abu-Fakher y Andre Chedid (guitarras) y Hamed Sinno (voz), cuyo carácter amable y accesible, en un mundo dominado por la competitivad y el afán de protagonismo, sorprende gratamente. Suenan auténticos, al igual que otros grandes creadores, que han marcado toda una tradición crítica dentro de un mundo musulmán amplísimo, como la inmensa Rimitti, el argelino Rachid Taha, el grupo tunecino Myrath, el palestino Khalas, o el jordano Akher Zapheer, entre otros muchos.

Nos hallamos ante un panorama cultural que claramente choca con el prejuicio occidental igualmente. Acostumbrados a ver a través de los medios un mundo islámico medieval, nos choca ver el nivel artístico y técnico que alcanzan los creadores en los países musulmanes. Directores como la libanesa Nadine Labaki (“Caramel”) , los iraníes Abbas Kiarostami o Asghar Farhadi (que no pudo recoger el oscar el año pasado por su película “El Viajante”), el sirio Moustapha Akkar, o el egipcio Youssef Chahine; escritores de la talla del marroquí Abdelá Taia; o ilustradores y dibujantes como la libanesa Lina Ghaibeh, o el tunecino Issam Smiri; se han ganado por si mismos un puesto en la cultura mundial, pese al “ombliguismo” y el silencio de los medios occidentales hacia su obra.

*Este artículo ha sido tomado prestado de la siguiente fuente https://www.laizquierdadiario.com/Mashrou-Leila-y-la-cultura-en-el-mundo-islamico?id_rubrique=2653

José Ricardo Carballo - Bajo su propio riesgo