El único antídoto contra el mal de Lucas era: El canto de las ballenas.  Por tal motivo tomó su maleta, guardó sus livianas esperanzas, se cubrió con el sombrero de la valentía y emprendió el viaje hacia la playa.

Allí  las observaría y cuando estuvieran cerca, guardaría el canto en botellas y se lo bebería cada ocho horas, durante una semana; este le daría la salud arrancada.

-Papá, tres días buscándote. La próxima te encerramos en el asilo, si seguís con esas tonterías de curarte la vejez – dijo la hija de Lucas.

Lucas sonrió, pues sabía que en la mañana se sentiría más joven que hoy y ese secreto no lo compartiría con nadie.

Autora: Laura Zuñiga