Se le metió una hormiga por el oído. Giró el cuello de manera que la oreja quedó cerca del hombro y empezó a brincar.
La hormiga se sujetaba con las uñas, mientras él estaba en el baño de la oficina brincando y empezó a generar sospechas.
Se escuchaba el golpeteo de los zapatos arañando el piso.

Una compañera de la oficina empezó a asomarse por la angostísima ranura que quedaba entre la puerta y el piso.

Ella vio la sombra de los zapatos subiendo y bajando.

Pasaban las horas; una bolita de cera empezó a crecer y estripar a la hormiga contra la pared del oído.
Varias personas tenían ganas de orinar y botaron la puerta.
Él seguía brincando. Les habló del insecto.

La bolita de cera se comió a la hormiga.
Le registraron el oído; no encontraron evidencias y él nunca jamás regresó a esa oficina.

Autor:Felipe A. Sotela