Imagina por un momento…

Imagina por un momento que un día te mueres y descubres que no hay nada al otro lado. Por supuesto, ese vacío no tiene nada que ver con lo religioso o lo espiritual. Nada es nada. Te has muerto y has desaparecido. Punto final. No hay paraíso cristiano, ni musulmán, ni consciencia, ni plano astral, ni eres un fantasma, ni ninguna otra chorrada por el estilo. Simplemente, ya no existes.

Ahora piensa en todo lo que te habías preparado durante tu vida para este momento. Todo ese rollo del juicio fina, la balanza que pesa tus actos, las yonosécuántas vírgenes que te estaban esperando, y todas esas tonterías que te han metido en la cabeza desde el día en que naciste. ¿No te sientes un poco idiota al pensar que no ha servido para nada?

Supongo que, llegados a este punto, me dirás que tú no sabes nada de la religión, que todo lo que hiciste en relación hacia ella fue impuesto. Pero piénsalo bien. ¿Estás seguro de eso? Está claro que tus padres te bautizaron sin preguntarte, e incluso es posible que acudieras por las tardes a la comunidad religiosa de tu barrio con el único objetivo de jugar la liga de fútbol que se disputaba cada fin de semana. Pero hay muchas otras cosas que has hecho siendo perfectamente consciente de ellas. Dime, ¿nunca has rezado por las noches? ¿Nunca has hablado “con alguien” en la soledad de tu habitación? ¿Nunca le has pedido cosas a ese ser con quien hablabas? Vamos, piensa. La lista es interminable. Sensación de estar acompañado, la atracción por las historias de fantasmas, las dudas sobre la creación, la confianza en el castigo divino hacia las malas personas…

Hay gente que ha tratado de camuflar toda esta creencia en lo sobrenatural para incluirlo dentro de las leyes de la naturaleza. Por ejemplo, últimamente se ha puesto muy de moda creer en el Karma. Básicamente, el Karma significa que si te portas bien te ocurrirán cosas buenas, y si te portas mal te ocurrirán cosas malas. ¿Y quién te traerá todas esas cosas buenas o malas? ¿Lo adivinas? El Universo. Tócate los cojones. ¿No es eso lo mismo que decir que el creador del Universo te llevará a su reino para que allí vivas feliz durante el resto de la eternidad? ¿O que un montón de vírgenes te estarán esperando para satisfacer todos tus deseos? ¿Pero quiénes son esas vírgenes? ¿De dónde han salido? ¿Acaso Alá tiene una fábrica de vírgenes, o ya estaban en nómina? ¿Y qué pasará cuando te las hayas tirado a todas? ¿Te morirás otra vez para que les vuelva a crecer el himen?

Tengo que admitir que no es fácil aceptar la idea del vacío, sobre todo para la gente mayor que ve cerca el momento en que tendrán que enfrentarse a la realidad. Y tampoco es muy aconsejable en lo que se refiere al mantenimiento del orden. Es muy posible que, en el caso de que pudiésemos demostrar que Dios no existe, mucha gente comenzara a actuar de un modo descontrolado. Esto no tiene nada que ver con otra cosa que no sea la estupidez humana. Necesitamos a alguien que nos controle, que limite nuestros actos. Y es tan necesario como cuando un padre no permite que su hijo pequeño se coma el contenido de la caja de herramientas. Pero, a la vez, no nos gusta que lo que coarte nuestra libertad sea una ley hecha por otro ser humano. Eso sería contradecir las enseñanzas de la mitad de los libros de autoayuda que existen en el mundo. Esos que dicen que eres un ser completo y especial, y que no hay nadie que esté por encima de ti. Sinceramente, creo que no deberían permitir que ciertas personas compren ese tipo de libros.

Volviendo a la idea del vacío, es cierto que eso de decirle a todo el mundo que los actos que cometan en esta vida no tendrán ninguna consecuencia en la eternidad podría ser una idea peligrosa. Y más si tenemos en cuenta que el ser humano no se diferencia tanto de los animales como pretendemos hacernos creer a nosotros mismos. De hecho, los animales son mucho más cívicos de lo que somos nosotros.

Me estoy desviando del tema principal. Lo que pretendía transmitir con todo esto es la fuerza que tendría el impacto de descubrir que toda una vida de disciplina religiosa no ha servido para nada. ¿Qué crees que pasaría por tu cabeza en ese momento? ¿Pensarías que deberías haberte acostado con aquella chica que te gustaba? ¿O quizá que deberías haber pasado los domingos haciendo barbacoas en el campo, en vez de pasarlos rodeado de gente con miedo a morir y vestidos de manera ridícula? Es cierto que la prohibición de acostarse con alguien fuera del matrimonio es algo que ya se han encargado de borrar las hormonas. El placer es una sensación mucho más poderosa que la culpabilidad. Todo eso de la mojigatería sexual era algo más propio de nuestros abuelos. ¿Cómo se sentirían al descubrir que han renunciado a toda una vida de placer en vano? Nuestras abuelas, todos los días vestidas de negro, guardando el luto y la fidelidad a un marido que murió hace treinta años. O las mujeres musulmanas, tapadas hasta los ojos para no ofender a los hombres despertando su deseo con esos cuerpos impíos de formas redondeadas. Pobrecitas. Y todo por mantener el negocio de unos cuantos que fueron más inteligentes que el resto y vieron un filón de oro en el asunto de la eternidad. Porque eso es al fin y al cabo la religión: un modo de controlar a las masas con el estandarte del miedo al castigo divino y al fuego del infierno. Si no me obedeces, irás al infierno para siempre. Es lo que hay. Me lo ha dicho Dios. ¡Joder!

Ahora imagina que vuelves a estar vivo. Todo ha sido un mal sueño, o un viaje astral, o un paro cardiaco del que has logrado recuperarte. ¿Cómo te sientes? ¿Sigues pensando que todo seguirá siendo como hasta ahora? ¿Qué desearías cambiar en tu vida? ¿Dejarías todo tal y como está? Lo dudo mucho. Por suerte, si estás leyendo esto es porque aún no ha llegado tu hora y puedes hacer algo para cambiar las cosas. Así que deja de escuchar a todos esos idiotas y vete a disfrutar de la vida. Vamos… ¿Es que no me oyes? ¡Levántate!

Un artículo por Antonio Trujillo.