Francisco Martínez Hoyos, doctor en Historia.

Desesperado ante la multitud de libros que se acumulaban en su biblioteca, sin tiempo para leerlos, el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro se preguntaba cuánta de toda aquella literatura sobreviviría al filtro de la posteridad. Entre los autores que, a su juicio, habían envejecido mal, citaba al francés Albert Camus.

Habían pasado veinte años y sus libros, que antes el público devoraba, ya no le decían nada al hombre contemporáneo. Aunque esta es una opinión compartida por muchos, no parece que se trate de un veredicto justo ni irreversible porque la fama de un autor, a menudo, es como el Guadiana: aparece de nuevo tras un periodo de eclipse. Pensemos, si no, en la opinión que le merecía Camus a un compatriota de Ribeyro, Mario Vargas Llosa. Si en los años sesenta lo daba prácticamente por acabado, al decir que había sufrido un “encanecimiento precoz”, en los setenta empezó a revalorizarlo mientras cuestionaba a su gran rival, Jean-Paul Sartre. En 2006, Le Magazine Littéraire, en la presentación de un dossier dedicado a su obra, dictaminaría que la Historia le había dado la razón, tanto en su polémica frente a Sartre como en su combate contra los totalitarismos, consciente de que la verdad es la verdad con independencia de si la defiende la derecha o la izquierda.

Tal vez Camus resulte tan fascinante porque, además de gran escritor, era un seductor al que le encantaba disfrutar de la vida. Porque podía ser un hombre de elevada moralidad y un rompecorazones que coleccionó amantes, como la actriz de origen español María Casares. Porque, en medio de gurús empeñados en absolutizarlo todo, poseía el buen sentido de dudar de sus propias ideas. Porque, al contrario que otros, anteponía la verdad a la tribu, tanto que afirmó que sería de derechas si creyera que la derecha estaba en lo cierto. Porque, al contrario que otros intelectuales, educados en las escuelas más elitistas de París, él era un provinciano, hijo de una madre analfabeta y de un soldado muerto fallecido durante la Primera Guerra Mundial. Albert evocaría a ese progenitor que no llegó a conocer en El primer hombre, su última e inacabada novela, a través del personaje Jacques Cormery, que lleva, obviamente no por casualidad, el apellido de soltera de la abuela paterna del autor. Cormery acude visitar la tumba de su padre, nacido, como el de Camus, en 1885, y muerto también durante la batalla del Marne. En principio, el gesto le parece sin demasiado sentido, pero su madre, que permanece en Argel, le ha presionado para que contemple lo que ella por sí misma no ha visto. Cuando permanece a solas ante la lápida, no puede evitar pensar que el hombre enterrado era más joven de lo que él en ese momento. La reflexión le hace sentir una ola de piedad, consciente de que el orden natural no existe, sólo el caos, cuando el hijo es más viejo que su padre.

Huérfano, Camus creció en un ambiente de privaciones, sin poder comprar libros porque su familia ni siquiera podía permitirse el agua corriente y la electricidad. Por suerte, al ser hijo de un caído, tuvo acceso a una beca que le permitió estudiar. Su madre, mientras tanto, veló para que tanto él como su hermano fueran a todas partes bien vestidos y sin que les faltara lo imprescindible. Germain Louis, el profesor al que envió, después de recibir el Nobel, una sentida carta de gratitud, no llegó a sospechar entonces la verdadera situación de su hogar. Tenía delante a un muchacho al que le embarga la felicidad de estudiar: “Tu cara expresaba optimismo”.

Empujado por el humanismo de sus ideales, solicitó la adhesión al Partido Comunista. Deseaba ver disminuir la suma de las desgracias del género humano. No obstante, no tenía intención de aceptar sin crítica ninguna ortodoxia que le alejara de la experiencia cotidiana. Porque, como le dijo a un antiguo maestro, no podía dejar que un volumen de El Capital se convirtiera en el muro que separara el hombre y la vida.

Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, luchó contra el hitlerismo a través de su trabajo como periodista clandestino en Combat, un medio que llegaría a tirar doscientos cincuenta mil ejemplares. Fue por entonces, en 1942, cuando publicó dos títulos que lo harían famoso, El extranjero y El mito de Sísifo. Esas dos obras, junto al drama Calígula, constituían sus “tres absurdos”. Las denominaba así porque versaban sobre el absurdo de la existencia humana. Este planteamiento filosófico estaba íntimamente vinculado al contexto político, un momento en el que Francia aún y no se había liberado del yugo nazi. La situación, bastante calamitosa, favorecía la aparición de reflexiones que incidieran en la falta de sentido de la vida. Y, por otra parte, obligaban a aceptar compromisos desagradables entre lo deseable y lo posible. El mito de Sísifo perdió por ello un capítulo, el dedicado a Franz Kafka: la censura no aceptaba que se hablara de un judío.

Tuvo la oportunidad de publicar una parte de El Extranjero en la prestigiosísima Nouvelle Revue Française. Se opuso. No juzgaba apropiado aparecer en una publicación que en esos momentos controlaba el ocupante nazi. Otros escritores de izquierda no tendrían esos escrúpulos, empezando por Jean-Paul Sartre, al que no le importaba publicar en un medio colaboracionista. Ni estrenar en un teatro que había dejado de llamarse Sara Bernhardt porque la gran diva de la escena era judía.

En un principio, Camus apostó por un castigo contundente contra los colaboracionistas. Ellos eran, dentro del organismo nacional, un cuerpo dañino al que había que destruir. Por sentido de la justicia, tal como lo exigía la memoria de sus crímenes. En esos momentos, esta era la postura ortodoxa de buena parte de la izquierda.

Finalmente, en 1947, dio su versión de lo que había sido la contienda en su propia novela de resistencia, La Peste. En la ciudad de Orán, durante los años cuarenta, sucede lo inesperado. Se declara una epidemia de esta enfermedad. La estupefacción es general, al tratarse de un mal que había desaparecido hacía mucho tiempo de los países avanzados. De esta manera, el escritor propone una alegoría de lo que fue la ocupación nazi. La Europa previa a 1939 también hubiera supuesto que la barbarie del holocausto no podía tener en su civilizado suelo. Por otra parte, al elegir la peste y no otra enfermedad, Camus refuerza el paralelismo con el exterminio de los judíos. Sabe que en la Edad Media, tras la gran epidemia de 1348, surgieron estallidos antisemitas que hacían del pueblo hebreo el gran culpable y que se tradujeron en actos de persecución violenta.

La peste es derrotada, pero la victoria no es definitiva porque su bacilo “no muerte ni desaparece jamás”. Camus, por tanto, se distancia de las escatologías laicas que prometen una “lucha final” antes del advenimiento del Paraíso en la Tierra. El hombre, si de verdad quiere serlo, debe permanecer vigilante porque el mal, en cualquier momento, puede revivir. La caída del Tercer Reich, por tanto, no es una excusa para bajar la guardia y dejar de hacer lo que es necesario hacer. La Liberación es siempre provisional incluso en el supuesto de que se haga la Revolución, porque los que ocupan entonces el poder crean una nueva ortodoxia que justifica de nuevo la protesta. De ahí que nos encontremos ante un rebelde que, de forma sólo en apariencia paradójica, rechaza las revoluciones. Porque piensa que desvirtúan el sentido de oponerse a la injusticia. Su forma de pensar recuerda vivamente la de Alain, sobrenombre por el que se conocía a Émile Chartier, el filósofo que había encarnado la ideología de la Tercera República. Cuando le preguntaban sus motivos para no afiliarse a un partido revolucionario, él respondía a sus interlocutores que era más revolucionario que todos ellos.

Para Camus, la rebeldía existirá mientras se conserve la especie humana. No significaba establecer el paraíso en la tierra sino, por el contrario, fijar un límite a la degradación. Eso es su famosa definición del hombre rebelde: alguien que no dice “no” y establece, así, un “hasta aquí”. Una vez más, en sus palabras encontramos el eco de Alain, el mismo que había dicho que “pensar es decir no”, en el sentido de que significa romper con la actitud aquiescente.

José Ricardo Carballo - Bajo su propio riesgo