Vivió a caballo entre dos mundos, el de los blancos y el de los indígenas, sin pertenecer plenamente a ninguno. Hijo de un blanco dedicado a la abogacía y de una dama de buena familia, el peruano José María Arguedas (1911-1969) quedó huérfano a los dos años y medio. Su padre volvió a casar y, por sus numerosos viajes por motivos profesionales, lo dejó al cargo de una esposa adinerada, dueña de la mitad de un pueblo y rodeada por una cohorte de sirvientes. Pero tenía sus propios hijos y, como la madrastra maléfica del cuento, le trataba como se trababa a un extraño despreciable.

Por estas circunstancias familiares, el futuro escritor acabó confinado con unos indios a los que la señora de la casa también miraba por encima del hombro. Con ello pasaría su infancia y lo haría en la lengua de los criados, el quechua. No empezaría a dominar el castellano hasta un momento tardío, a partir de los ocho años. Y, de hecho, entonces lo consideró prácticamente ajeno. Eso le provocó muchos problemas cuando empezó a utilizarlo para revivir un mundo que él había aprendido a amar en quechua. Si cambiaba de idioma, el resultado expresivo no le parecía igual. Escribir poesía, por ejemplo, sólo le parecía posible desde las palabras nativas. Por todos ello, se ha dicho que no escribió sobre los indígenas sino desde ellos. Aquella gente humilde fue su gente y de ellos obtuvo el apoyo emocional que necesitaba un niño desarraigado.

Con 24 años publica un conjunto de tres relatos titulado Agua. Parte de la vida de los indios, que aspira a reflejar con autenticidad, molesto con la manera falsa en mostraban su mundo escritores célebres como Ventura García Calderón o Enrique López Albújar, a los que por otro lado admiraba. Encontraba que ambos hablaban de un universo que no conocían en realidad, sobre todo García Calderón. Él, en cambio, posee la ventaja de haber palpado durante años la realidad de unas gentes y unos paisajes.

No quedó satisfecho con su primer libro, pero la lectura de El Tungsteno, de su compatriota César Vallejo, y de Don Segundo Sombra, del argentino Ricardo Güiraldes, le mostraron el camino a seguir.

Nunca se distinguió por una militancia política fuerte, pero en 1937 perdió su trabajo como empleado de correos. Le castigaron así por participar en una manifestación a favor de la República española, justo en el momento en que un italiano, el general Camarotta, visitaba el Perú. Por su intervención en la protesta antifascista pasó un tiempo en la cárcel, hasta el año siguiente.

En su segunda obra, la novela Yawar fiesta, utiliza, al igual que en Agua, un lenguaje que denomina “mistura”, en el que combina quechua y castellano. Intenta así recrear la “sintaxis destrozada” de sus alumnos mestizos en el Colegio de Sicuani. Este fue un camino frustrado porque el autor pronto se dio cuenta de que los lectores no comprendían bien el texto, ni consideraban que se ajustara a un criterio de corrección lingüística.

Los Ríos profundos comienza con la llegada a Cuzco del protagonista, un niño, Ernesto, y su padre. Este responde a las preguntas del hijo ante las maravillas de la ciudad natal de su progenitor, que visita por primera vez. El pequeño quiere saber, por ejemplo, quien hizo la catedral. “El español”, responde el padre, para añadir inmediatamente que si construyó el monumento fue porque contaba “con la piedra incaica y las manos de los indios”. Más tarde, el chiquillo pregunta si la plaza también es española. Aprende entonces que no, que su autor fue el inca Pachakutek. Entusiasmo, propone pasar la noche en aquel espacio “que guarda el resplandor del cielo”. Así, a través de esta escena fuertemente poética, Arguedas da cuenta de la memoria histórica de todo un pueblo.

Ernesto acaba internado en un colegio. Salvando las distancias, Arguedas parece un prefigurar el mundo escolar de La ciudad y los perros, la primera novela de Vargas Llosa. El protagonista escribe, por encargo, una carta para una chica que le encarga un compañero. Sin embargo, las mujeres son para él criaturas lejanas e inalcanzables. Las adora pero las teme, huye de ellas porque son como estrellas que centellean “en otro cielo”.

La escuela de Los ríos profundos, como el Leoncio Prado vargallosino, también es un microcosmos de las desigualdades del Perú. A Ernesto, uno de sus condiscípulos, Rondinel, le dice para insultarle que parece blanco pero no es más que un “indiecito”. Comienza así una pugna que ha de dirimirse en un desafío, expresión de los dos mundos en los que se divide el país: el de los criollos y el de los indígenas. Se trata, en definitiva, de “un nuevo duelo de las razas”. El combate entre los dos jóvenes promete convertirse en un episodio de proporciones homéricas, pero antes tiene lugar la reconciliación. Rondinel se muestra cobarde. Ernesto, magnánimo. Como si Arguedas quisiera decirnos que, si tiene que ser por los indígenas, habrá paz.

Pero en los años sesenta este tipo de literatura amenazaba con parecer anacrónica. Se explica así el comentario profundamente despectivo que Julio Cortázar le hizo a Arguedas: “yo dirijo una orquesta en París, usted toca una quena”. El peruano se sintió profundamente agobiado por su polémica con el argentino, muy crítico este último con los escritores que se dedicaban a “exaltar los valores del terruño contra los valores a secas, al país contra el mundo”. A su juicio, por este camino se llegaba tarde o temprano a la exaltación racista. En el desencuentro de los dos hombres, seguramente influyeron sus diferencias de clase social e ideología: el indigenista que trata de luchar junto a su pueblo frente al burgués cosmopolita fascinado por la vida europea.

Personalidad compleja, Arguedas podía ser extremadamente encantador y sumirse en las más negras depresiones. Esta inestabilidad le condujo al suicidio, en 1969. Tres años antes y había intentado quitarse la vida, por lo que se puso bajo cuidados psiquiátricos. En esta ocasión, por desgracia, nada pudo impedir que se disparara en la cabeza, no sin antes dejar por escrito sus razones. Se fue no sin elegir cuidadosamente el día, para perturbar así lo menos posible el funcionamiento de la Universidad. Por otra parte, a los amigos sólo les haría perder el sábado y el domingo.

 

José Ricardo Carballo - Bajo su propio riesgo